viernes, 24 de abril de 2009

CAPÍTULO 16

El mercedes aparcado frente a la lujosa casa permanecía con el maletero abierto, mientras el chofer iba colocando las maletas. El matrimonio Cifuentes cerraba la casa y se dirigía al coche. Sentados en un balancín del jardín, estaban Alberto y Ana.

- Vamos, Ana. Llamó su madre.

El señor Cifuentes, sujetando a su mujer le hizo un ademán de que les dejase un rato a solas.

En el balancín, los dos se miraban sin decir nada. En uno de los momentos que casi todo el mundo odia y teme: las despedidas.

Cuando, llegado el momento, subieron todos al coche, Ana estaba como en trance. Era llevada y colocada en el asiento como si de un robot se tratase.

El padre de Ana se despidió de Alberto con un apretón de manos y le animó a que siguieran en contacto.

De pie sobre la acera, Alberto trataba de mantener la sonrisa y la compostura mientras saludaba con la mano, al tiempo que el coche se iba alejando. Los ojos de Ana no se apartaban de él, mientras aún le tenía al alcance de la vista. Hasta que, al fin, le perdió.

Ana sintió un dolor violento en el pecho. Un dolor que venía del fondo de su alma y le hacía difícil respirar.

Mientras estaba con Alberto, trataba contener el llanto, para no hacerle sufrir. Pero ahora ya no podía más. Y estalló en lágrimas en el hombro de su padre, que inútilmente, trataba de consolarla.

Su desgarrador llanto puso un nudo en la garganta a todos los que estaban en el coche. Incluso el chofer, que no sabía nada, se preguntaba qué sería lo que le habrían hecho a esa pobre niña para que llorase de esa manera.

Alberto caminaba como un autómata por la calle. Su mente estaba lleno de imágenes de Ana. Ya nada parecía importarle a partir de ese día. Y algo le decía que jamás volvería a verla.

Seguía caminando sin percatarse que, al otro lado de la calle, subido como siempre a su motocicleta y rodeado de otros, estaba Ricky, sonriente.

- ¿Ya no saludas? Le dijo.

Alberto apenas le dedicó una fugaz mirada y continuó andando mirando al suelo.

- ¿Estás triste? Siguió Ricky. Se te ha largado la novia ¿Eh? Ahora ya puedes ir a buscarte otra. Pero esta vez búscala en tu barrio.

Alberto se detuvo en seco, cerrando los puños. Se dio la vuelta y, con paso decidido, se dirigió hasta Ricky. Se lanzó sobre él y levantó el puño.

Durante unos segundos, que parecieron horas, Ricky miró fijamente los vidriosos ojos de Alberto. Estaba fuera de sí. Los compañeros trataban inútilmente de separarle. Ricky se quedó paralizado y mudo por el miedo.

Entonces, como volviendo de un viaje astral, Alberto soltó al joven y sin decir palabra se marchó.

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