lunes, 20 de abril de 2009

CAPÍTULO 8

El sol del atardecer se reflejaba en el mar. La playa estaba desierta fuera de la época estival.

En un rincón de la playa, medio oculto por un pequeño bosquecillo, sobre una toalla, Ana y Alberto se miraban el uno al otro.

Una tarde tras otra iban a ese lugar. Allí permanecían durante horas. Jugando, charlando, riendo y regalándose el amor el uno al otro.

Cada mirada, cada beso, cada caricia, llevaba consigo una carga emocional que hacía que el tiempo se detuviese, que el corazón se acelerase y que, día tras día, fuesen más felices.

Los labios se juntaban con ternura. Los besos eran largos, dulces, hermosos.

De cuando en cuando, Alberto se detenía mirando los preciosos ojos verdes de Ana, que con el brillo del sol adquirían un color que, a su parecer, se le antojaban majestuosos.

Las manos se internaban curiosas entre la ropa, palpando, investigando.

Ambos sabían todo, o casi todo, lo que tenían que saber del sexo. Conocían amigos que llegaban mucho más lejos de lo que ellos llegaban. Pero ni a Alberto ni a Ana parecía importarles. Se sabían el uno del otro. Por lo que no tenían ninguna prisa en explorar más allá de lo que hacían.

La mano de Alberto, introducida por la blusa de Ana, podía palpar el erecto pezón de ella. Al levantar la vista vio caer una lágrima de sus ojos.

-¿Qué te pasa, cariño? Preguntó apurado Alberto.

Y Ana, besó tiernamente a Alberto en los labios. Tras lo que le dijo:

- Es que soy muy, muy feliz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario