lunes, 20 de abril de 2009

CAPÍTULO 9

Un hondo suspiro escapa de lo más profundo del pecho de Ana al recordar aquellos maravillosos años.

En su mente se agolpan, desordenados, miles de momentos felices al lado de Alberto. Todavía se estremece al recordar cada caricia, cada beso. Recuerda como su cuerpo se estremecía cuando Alberto le susurraba al oído: “Te quiero”.

Nota como se le pone la carne de gallina al acordarse de las manos de su amado recorriendo su cuerpo. No ha pasado ni un solo día sin rememorar todos esos momentos.

El tiempo parecía detenerse. El mundo entero no existía en ese momento para ellos. Cuando, escondidos, se exploraban y estudiaban mutuamente. Cada caricia, cada beso, era un descubrimiento para ellos.

Sabían todo lo que se tenía que saber sobre el sexo. Pero ellos estaban convencidos de que aquello que ellos sentían no lo sabía nadie. Que ningún libro había escrito nunca nada de lo que ellos estaban descubriendo.

Ana estaba convencida de que ningún libro podía conocer lo dulcemente que Alberto la podía tocar.

Los días trascurrían sin problemas. Iban juntos a todas partes y cualquier cosa que hacían, los dos, era para ellos una fiesta: Comer una pizza, ir al cine, dar de comer a las palomas, etc.

Cuando eres adolescente crees que nada va a cambiar. Que todo va a ser siempre así, que el tiempo no avanza. Pero empiezas pronto a darte cuenta de que no es así. Y te haces adulto a golpes.

Su madre nunca tuvo un mal gesto hacia Alberto mientras eran niños. Pero el que su hija, su niña, saliese con un chico de “distinta clase”, eso era otra cosa. Ella se había dado cuenta de que aquél chico tan guapote: Ricardo, no le quitaba ojo.

Conocía a sus padres, y sabía que eran de muy buena familia. No entendía como Ana rechazaba una y otra vez a un chico tan guapo y rico para irse con el “hijo del lampista”.

Nunca hizo saber a Ana su disconformidad con su relación con Alberto. Pero siempre procuraba poner trabas a sus encuentros.

Más tarde Ana se enteró de un suceso en el que su madre fue artífice y que jamás se lo perdonó.

Ahora su rostro se torna sombrío y enojado al recordar todo eso.

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