domingo, 19 de abril de 2009

CAPITULO 6

El tiempo es algo tan implacable como misterioso. Parece que avance lentamente, pero cuando nos detenemos a pensarlo, nos damos cuenta de que ha pasado muy deprisa.

Ana ha cambiado mucho. Su pelo se ha oscurecido un poco, pero ahora se alternan mechones rubios con otros más oscuros. Y ya hace tiempo que dejó las coletas.

La flacucha niña, con las piernas llenas de cardenales y betadine, se ha convertido en una exuberante mujer, a pesar de ser todavía muy joven, pues solo tiene dieciséis años.

Pero ya a esta edad, las chicas tontean con los chicos que, éstos, empezando a despertar a la pubertad, andan revoloteando alrededor de las chicas como moscones en torno a un pastel.

Pero ella, a pesar de que despierta pasiones entre todos sus compañeros de clase, solo tiene ojos para Alberto.

Es la hora del recreo. Sentadas cerca del campo de fútbol, Ana y un grupito de chicas charla amigablemente.

- ¿Le sigues viendo? -Pregunta una pecosa pelirroja, amiga de Ana.

- Claro, -respondió Ana con rotundidad.

- No entiendo como puedes salir con ese tío. Ni siquiera tiene moto, según dices –respondió otra de ellas.

Ana ni siquiera se molestó en contestar aquella estúpida observación. Simplemente se limitó a suspirar.

Mientras, en el campo de básquet, un rubio muchacho acaparaba las miradas del resto del grupo.

Era hijo de un importante ejecutivo, compañero del padre de Ana. Llamaba la atención entre las chicas. Pues era alto, guapo y atlético. Todo ello sin mencionar que conducía una impresionante motocicleta. Regalo de cumpleaños de sus padres.


Varias veces le había tirado los tejos a Ana, confiado en sí mismo. Pero se veía rechazado una y otra vez.

Se acercó, acompañado por un puñado de otros chicos, al grupo de las chicas. Con el torso desnudo y la camiseta en la mano, mostrando su ya marcada musculatura.

- Hola, chicas.

Se dieron la vuelta, alguna colocándose disimuladamente la ropa.

- Hola Ricky, -dijo Sara, la pelirroja.

Se llamaba Ricardo, pero todos le llamaban Ricky. Apenas dirigió una mirada a Sara. Su aire desgarbado, sus enormes gafas y su cuerpo, aun en pleno cambio, no tenía mucho éxito entre los chicos. Por lo que no le sorprendió la indiferencia del muchacho.

- Esta tarde –continuó Ricky- nos juntaremos unos cuantos amigos en mi casa, para bañarnos en la piscina. ¿Os apuntáis?

Todas asintieron entusiasmadas a la invitación. Menos Ana, que había quedado con Alberto.

- Gracias, pero yo tengo otros planes –respondió Ana.

Ricky soltó una carcajada forzada.

- ¿Planes? –dijo. ¿Llamas planes a ir a sentaros al parque? Porque es lo máximo que puede ofrecerte ese pringado.

El impulso de Ana era el de abofetear a ese idiota. Pero su educación se lo impidió. También su sentido común. Ricky era mucho más alto y fuerte que ella. No sabía cual sería su reacción al verse abofeteado delante de sus amigos.

Simplemente se dio media vuelta y se fue.


Alberto se levantó de un salto de la cama. El despertador había sonado, pero lo había parado y se quedó dormido unos minutos.

Se vistió rápidamente y se dirigió a la cocina, donde su padre le había dejado preparado el desayuno y un enorme bocadillo envuelto en papel de aluminio.

Bebió el enorme tazón de leche y, cogiendo el bocadillo lo metió en su mochila. Agarró un manojo de llaves y se fue al instituto.

Alberto era un muchacho muy apreciado en el barrio. Simpático y educado, estaba siempre dispuesto a echar una mano a todo aquél que se la pidiese.

También entre las chicas del barrio era popular. Aquél niño pecoso y pequeño se había convertido en un chico alto y corpulento como su padre. Era muy guapo e irradiaba alegría.

Echó una carrera para conseguir subirse al autobús, que estaba a punto de irse.

Por el día iba al instituto y, por la tarde hacía algunas horas en un taller mecánico. De esta forma aprendía un oficio y se ganaba un dinerito. El dueño del taller era amigo de su padre. Él no era partidario que su hijo trabajase. Manuel estaba convencido que Alberto debía estudiar, pero fue tanta la insistencia de Alberto por trabajar que asintió.

Luego, por la tarde se vería con Ana. Se pasaba el día contando las horas que le quedaban para verla.

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